
Una metáfora es esa imagen mental que se fija y perdura, que acerca y ayuda con el entendimiento, así sea aproximada y no del todo precisa. Pero ese es su poder.
Ayer conversaba con un colega sobre la trayectoria profesional y sobre cómo debe uno prepararse para el futuro. En medio de la conversación me dice, yo soy como usted, que no me quedo quieto, siempre me gusta innovar y estar aprendiendo, porque para estar vigente hay que estarse moviendo… como la Reina Roja. Me mira y sus ojos se entrecierran con complicidad, estirando una sonrisa.
La leíste, le respondí.
Él solo asintió con la cabeza y seguimos conversando.
Una semana después de haber publicado mi columna en El Universal, él recordaba perfectamente la tesis central de mi argumento. Porque la idea se había hecho imagen y esa imagen, ya desprendida de la página, parecía seguir caminando sola por alguna calle calurosa de la memoria.
Por eso, el mejor esfuerzo del escritor no es solo la claridad o la precisión del lenguaje. Supongo que eso se da por sentado. La victoria está en la mudanza casi telepática de una idea de una mente a otra, y en que esa idea, una vez recibida, se instale y habite otra mente. Que la habite como ese pisapapel que alguien dejó una tarde sobre la mesa y ahí se quedó, visible e ineludible, guardando todavía el peso de aquel momento.