Tres hermanos conversan alrededor de la mesa mientras comen pizza

Son las nueve de la noche. Unas migas dispersas por la mesa quedan como evidencia del crimen gastronómico. Los vasos perlados de agua dejan pequeños charcos. Entre ellos se mueven las manos y se reflejan las risas. En el centro, una jarra vacía, muy seria.

Nicolás sonríe y Alejandro me mira y dice:
—¿Cuándo se inventaron los nombres? —Hace una pausa—. ¿Y los apellidos?
Tomo aire. Todavía huele a albahaca y aceite de oliva.
—La verdad, no lo sé —digo mientras miro de reojo a Elena, al otro extremo de la mesa, quien parece pedir la palabra con la mirada—. Pero los nombres tienen todo el sentido del mundo. Sirven para distinguirnos los unos de los otros.
—¿Y los apellidos? —insiste Alejandro.
—Eso es otra cosa, pero también tienen sentido —respondo.

—Verás, es que los apellidos surgieron para distinguir a personas del mismo nombre. Tal vez en la antigüedad, cuando una tribu tenía unas cien personas o menos, no hacían falta. Pero cuando las tribus se hicieron más grandes, se necesitó algo más. Como Juan de Cartagena, para saber de dónde venía.
—Como Jesús de Nazaret —interviene Nicolás, mientras Elena pregunta casi al mismo tiempo:
—¿Y si hay tres Juan de Cartagena en el mismo pueblo?

Me estiro hacia atrás y miro a Elena.
—Por eso después buscaron otras maneras, como el color de tu casa o tu oficio. De ahí vienen Herrera o Carpintero.
—¿De dónde era Jesús? —pregunta Alejandro.
—¡De Nazaret, obvio! —responde Nicolás, enrollando los ojos como unas persianas.
Miro a Nico.
—No exactamente. Se supone que nació en Belén. Lo de Nazaret era por donde vivía.

—Por ejemplo, en euskera, en vasco, hay apellidos que significan algo así como «el de la casa blanca».
Hago un gesto hacia Elena.
—Así podríamos distinguir a los tres Juanes de Cartagena.

—En Colombia tenemos muchos apellidos vascos. Echeverri, Echeverría…
—Nico, como tu amiga —interrumpe Elena.
Nicolás asiente.
—Urrutia —continúo.
—¿Urrutia? —repiten los tres.
Me miran como si hubiese dicho quién sabe qué.
—¿Y ese apellido qué?
—Es un apellido como cualquier otro.

—¿Y Marrugo? —interrumpe Alejandro.
—Bueno, de ese lo único que sé es que es de origen genovés.
—Ah, italiano.
—No, genovés —insistimos Nico y yo al unísono.
Nos miramos entornando los ojos.
—Eso, italiano —repite Alejandro.
Inclino un poco la cabeza.
—No exactamente.
No he terminado de hablar cuando Nicolás interviene:
—Es que no ves que Italia es un país muy nuevo y no existía hace nada. En cambio, Génova es mucho más antiguo.
Nicolás se queda un momento en silencio. Abre los ojos y sonríe.
—Oye, ¿y cuál es el apellido de Aristóteles? Todo el mundo dice Aristóteles esto y lo otro, pero nunca dice su apellido. No creo que él fuera el único.
Elena me mira.

Me quedo unos segundos pensando.
—La verdad, no lo sé. Tendremos que averiguar.
—Le podemos preguntar al míster Gabriel —propone Alejandro.
—¿Y quién es él? —pregunto.
—¡El profesor de filosofía! —responden los tres al unísono.
Nos miramos y sonreímos.

—Pero Aristóteles fue el del mito de la caverna —dice Alejandro.
Se queda pensando.
—No, ese fue Platón —rectifica de inmediato.
Alejandro apoya los brazos sobre la mesa, junto a uno de los vasos marcados por huellas grasosas de la pizza.
—Papi, ¿tú conoces el mito de la caverna?

☙