
El apellido de Aristóteles
Son las nueve de la noche. Unas migas dispersas por la mesa quedan como evidencia del crimen gastronómico. Los vasos perlados de agua dejan pequeños charcos. Entre ellos se mueven las manos y se reflejan las risas. En el centro, una jarra vacía, muy seria. Nicolás sonríe y Alejandro me mira y dice: —¿Cuándo se inventaron los nombres? —Hace una pausa—. ¿Y los apellidos? Tomo aire. Todavía huele a albahaca y aceite de oliva. —La verdad, no lo sé —digo mientras miro de reojo a Elena, al otro extremo de la mesa, quien parece pedir la palabra con la mirada—. Pero los nombres tienen todo el sentido del mundo. Sirven para distinguirnos los unos de los otros. —¿Y los apellidos? —insiste Alejandro. —Eso es otra cosa, pero también tienen sentido —respondo. ...